Desfilar con cabras o sin ellas, en formación o pelotones, en una nación sin un puñetero euro, porque la ambición de los empresarios y banqueros del mundo ha sumido en la ruina a medio orbe, es una de las obras teatrales más patéticas de esta monarquía (antes franquismo) obsoleta, inútil, costosa e inculta, apoyada por Almodóvares, Belenes, Manueles, Imanoles, Monteros, Molinas, Lindos, Cebrianes, Marías y Colegas, en forma de Plata (forma), Contrato (basura), Cachupinada Zarzuelera o guateque en La Moncloa, con presidentes góticos, dóricos o pos modernos. El Día del Soldadito es una de las payasadas más caras de las innecesarias tareas gubernamentales, una gratuita demostración de fuerza bruta y potencial armamentístico, indignos de un país que debe velar por el bienestar y la salud de sus ciudadanos, por la obligatoriedad de la aplicación del habeas corpus en cualquier detención, y el destierro de la tortura y el maltrato en las comisarías y cuartelillos.
Las dinámicas de los movimientos sociales son siempre imprevisibles. No se puede ser fatalista, ni llegar a conclusiones prematuras respeto a la debilidad de la reacción social y menos ahora que el anuncio de los recortes puede hacer que se mueva la situación. Estamos todavía en una primera etapa de una crisis de largo recorrido y es necesario huir de lecturas demasiado impresionistas de la realidad. Sin voluntad de establecer comparaciones históricas, no está de más recordar, por ejemplo, que tras el crack de 1929 el movimiento obrero norteamericano tardó más de cuatro años en responder, pasar a la ofensiva y sacudir la vida política y social del país.


